Museo del Oro

Colombia Precolombina


Las manifestaciones artísticas prehispánicas son de una extraordinaria variedad e incluyen desde las esculturas talladas en piedra del centro ceremonial de San Agustín y los hipogeos pintados de Tierradentro hasta las “ciudades” de la Sierra Nevada de Santa Marta, pasando por las innumerables piezas de oro y cerámica encontradas en prácticamente todas las zonas arqueológicas del país, entre las que no faltaron muchos intercambios.

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Las culturas prehispánicas de Colombia florecieron en extensos territorios de límites imprecisos. De sur a norte, estas regiones culturales son: la costa suroccidental sobre el Pacífico, donde creció el núcleo Tumaco-La Tolita, entre los años 400 a. C. y 500 d. C. De este son admirables miles de cerámicas, muchas con una volumetría escultórica, en las que, aparte de su diversidad temática —figuras humanas, de animales, de viviendas—, aparece una evidente inclinación realista: en tipos humanos, expresiones, actividades, enfermedades, escenas de sexo, etc. También se han encontrado en cerámica multitud de vasijas, ralladores, rodillos y sellos, los últimos con bellos diseños orgánicos y geométricos.

El altiplano de Túquerres e Ipiales y el valle de Pasto ocupados por los indígenas Pastos y Quillacingas. La producción de los primeros es la que más se ha recuperado y de ella hay buenos ejemplos de alfarería —vasijas, urnas funerarias, representaciones antropomorfas y zoomorfas e instrumentos musicales—, metalurgia —con finas aleaciones de oro y cobre— y textiles. Su cronología aproximada va desde el 800 d. C. hasta comienzos del siglo XV.

El actual departamento del Cauca y concretamente la zona de Tierradentro: alto de San Andrés, El Tablón, El Filo del Aguacate, El Rodeo, etc., región habitada por los Paeces en el momento de la conquista española pero que, aproximadamente entre los siglos VII y XIV, estuvo poblada por indígenas cuyos orígenes no han sido precisados y que fueron quienes hicieron las tumbas subterráneas o “hipogeos”, excavadas en la roca, con techos planos o abovedados, plantas ovales, columnas perimetrales y sueltas y decoraciones con pintura blanca, roja y negra de diseños geométricos y motivos zoomorfos y antropomorfos. Estos “hipogeos”, únicos en América, y de los que se han encontrado cerca de doscientos, se destinaban a entierros secundarios instalados en urnas que en buen número compartían los espacios de dichas tumbas. Aquellos indígenas también dejaron esculturas en piedra —que han sido relacionadas con las de San Agustín, aunque menos elaboradas— y cerámicas, especialmente trípodes, platos, cuencos y urnas funerarias.

El sur del actual departamento del Huila, muy cerca a los páramos donde nacen los ríos Magdalena, Cauca, Patía y Caquetá —Parque de San Agustín, San José de Isnos, Salado Blanco—, extensa zona poblada por grupos indígenas, cuyos orígenes y posterior dispersión siguen siendo inciertos, que dejaron vestigios de haber residido en la región y de haber constituido un gran centro ceremonial, al cual llegaban indígenas de diferentes regiones con el fin de enterrar a los principales de las tribus y rendir culto a los dioses. En dicho centro erigieron más de cuatrocientas esculturas talladas en andesita, una piedra volcánica propia de la región, en un estilo planimétrico aparentemente bastante regular a lo largo de los años, las cuales representan imponentes deidades con características propias de ciertos animales —el jaguar, el águila, la serpiente, el mico, la rana—, sacerdotes, guerreros, mujeres, etc. En la zona de San Agustín también son importantes los “dólmenes” o pasadizos techados con lajas planas, los sarcófagos, las tumbas con lajas de piedra en las que se ve la imagen del difunto y la fuente ceremonial de Lavapatas, con canales serpentiformes y representaciones de otros animales: micos, ranas, salamandras, etc. La datación más antigua de San Agustín se remonta al siglo VI a. C. y la más reciente al siglo XII de nuestra era, para depósitos de períodos propiamente agustinianos.

El valle del río Calima y los sitios de Yotoco, Sonso, Restrepo, Darién, Buga, Cerrito, etc., fueron habitados por varios grupos indígenas que realizaron notables obras de cerámica y orfebrería conocidas con el apelativo de piezas Calima. La cerámica, generalmente pulida y decorada con pintura negativa negra sobre rojo, naranja o crema, incluye alcarrazas de doble vertedera con representaciones zoo-morfas y antropomorfas, figuras modeladas, platos, cuencos y vasijas globulares de tres asas. La orfebrería tiene un gran surtido de diademas, orejeras ceremoniales, collares con “moritas” —granos de oro conglomerados—, brazaletes, vasijas antropomorfas, caracoles, etc. La cronología del estilo Calima es del 800 d. C. hasta el siglo XV.

Colombia precolombina- Familia Tayrona El valle medio del río Cauca, enmarcado por las cordilleras Central y Occidental, fue el asiento de varios grupos indígenas, entre otros el de la tribu Quimbaya que vivió al sur del actual departamento del Quindío y que le dio el nombre a esta zona arqueológica. Cuando llegaron los españoles, el territorio Quimbaya estaba dividido entre numerosos caciques independientes aunque amigos y confederados. Practicaron con alta calidad la cerámica y la orfebrería. En la primera se destacan las figuras antropomorfas macizas y planas que ostentan perforaciones como para adornarlas con plumas, las vasijas naviformes, las escudillas y los recipientes de cuerpo cónico. La orfebrería es de una extraordinaria perfección y elegancia; en ella se distingue el trabajo de filigrana, el pulimento de los planos y los contrastes de sectores muy limpios con otros bastante abigarrados. De los objetos en oro sobresalen los poporos, las piezas con estilizaciones antropomorfas y zoomorfas, los pectorales, los brazaletes, las orejeras, los bastones y los alfileres. Las fechas más aceptadas para esta región corresponden a los siglos VI a XVI.

El altiplano cundiboyacense —de Bacatá y Funza a Sogomoso— fue la sede de los Muiscas, quienes se destacaron en la organización socio-económica, incluso más que por sus ejecuciones materiales, si se comparan éstas con las de otros grupos de aquella época. Constituyeron una especie de estado gobernado por el zipa y el zaque, secundados por caciques de menor jerarquía. Aparte de estos caciques estaban los usaques, a manera de consejeros, los sacerdotes, los guerreros y el pueblo, integrado por agricultores, alfareros, orfebres, tejedores y comerciantes. Los artistas dejaron numerosas cerámicas, entre las que se distinguen las múcuras —vasijas ceremoniales de cuerpo globular y cuello alto—, las copas semiglobulares exornadas con culebras muy estilizadas y los personajes de caras planas y ojos y bocas como granos de café. También, abundantes piezas de orfebrería —muchas, aleaciones de oro y cobre, en lo que se denomina “tumbaga”— en láminas repujadas y con filigranas para los idolillos o “tunjos”, en los que aparecen diversos detalles de los vestidos. Igualmente, trabajaron figuras antropomorfas, diademas, collares, narigueras, pectorales, caracoles, aves, serpientes y una obra excepcional: la balsa muisca que representa la leyenda de El Dorado. La cronología de esta zona es aproximadamente desde el 300 a. C. hasta el siglo XVI.

La planicie Caribe, surcada por los ríos Sinú y San Jorge, fue poblada por la confederación de los Zenúes, la cual mantenía un activo comercio con las tribus de Panamá y la Sierra Nevada de Santa Marta. Tenían poblaciones bien trazadas con plazas, calles, casas espaciosas, templos y santuarios que guardaban grandes ídolos de madera enchapados en láminas de oro y muy numerosos objetos del mismo metal destinados a los ritos o que eran simples ofrendas. Entre estas piezas sobresalen las cabezas de águila —que eran cabezas de bastones—, diversos pájaros, tigres, venados, figuras zoomorfas apareadas, collares y narigueras en filigrana muy acabada. Las fechas aproximadas de esta zona comprenden desde el año 400 a. C. hasta el siglo XVI.

La Sierra Nevada de Santa Marta, en la costa atlántica estuvo habitada por diferentes agrupaciones indígenas, entre las cuales sobresale la conocida como cultura Tairona, cuyos integrantes tuvieron una desarrollada organización social y económica y, aparte de sus bellas realizaciones en oro y cerámica, construyeron a manera de “ciudades” desde el nivel del mar hasta la altura de 1.500 metros, siempre teniendo en cuenta el medio ambiente. Entre estas concentraciones habitacionales hay que mencionar a Pueblito, dentro de los linderos del actual Parque Tairona, a cuarenta kilómetros al oriente de Santa Marta; Pocigueyca, Taironaca, Betoma y Ciudad Perdida, que, a partir de 1976, ha sido objeto de protección y múltiples investigaciones. Esta “ciudad”, emplazada a orillas del río Buriticá, en su parte alta, se desarrolla entre los 800 y los 1.300 metros de altura, siendo su determinante principal el camino gradería que comienza de la orilla del río, sube por el filo de la montaña y se bifurca en senderos secundarios que comunican con las numerosas terrazas habitacionales y también con una concentración de plazoletas enlosadas que debieron utilizarse para funciones ceremoniales. Dentro de todo el conjunto son muy importantes los cursos de agua, los caminos —que también aparecen en todas las comarcas de la Sierra Nevada— y los muros, cuyos cimientos se conformaron con pedruscos acuñados con cascajo apisonado con la arcilla arenosa del lugar y que, más que defensas, eran muros de contención de las terrazas. No puede dejar de ponderarse la exquisitez de muchas piezas en oro —rostros de sus caciques, diversos animales, coronas, sonajeros, narigueras, pectorales, etc.— y cerámica —urnas, alcarrazas y vasijas antropomorfas y zoomorfas—. La datación de la región Tairona va desde el año 200 hasta el siglo XVI.

Esta referencia al arte precolombino debe concluir con las siguientes palabras plenas de verdad del profesor Barney Cabrera: “...Como el panorama cultural prehispánico en el área de Colombia fue de características heterogéneas en grado sumo, dispares y variadísimas, sólo en tiempos recientes los análisis históricos, antropológicos y arqueológicos han permitido valorar con justas pruebas y mejor criterio la importancia de aquel mundo desaparecido. El arte indígena, por ejemplo, subestimado durante mucho tiempo, cuyos objetos y manifestaciones solo fueron tenidos en cuenta como elementos arqueológicos o como acervo exótico de indios antiguos, comienza a cobrar importancia y a ser admirado como uno de los más representativos entre la copiosa producción artística indígena. De qué manera es válido este arte y cómo la estética de las comunidades nativas ocupa una posición preeminente son, pues, cuestiones aceptadas por la nueva visión histórica”.





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