Piedras de San Francisco. Ricardo Borrero Álvarez, óleo sobre madera. Fondo Cultural Cafetero, Bogotá.

Arte Contemporaneo


El último período del arte colombiano principia con la iniciación de clases en la Escuela de Bellas Artes de Bogotá en 1886. Con este acontecimiento se quiere destacar el comienzo de la formación artística profesional que nunca antes había existido en el país.

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Desde fines del siglo pasado hemos contado con innumerables artistas (aunque hay algunas excepciones notables) que han tenido una sólida preparación en las escuelas que hoy existen en las principales ciudades de Colombiano que se han formado íntegramente o especializado en el exterior. El término contemporáneo que se utiliza para todo el siglo XX, desde los años finiseculares del XIX, no tiene entonces sólo una significación de época (que existe o sucede actualmente), sino un sobrentendido de carácter profesional que, por otra parte, sigue siendo muy escaso en el campo de la historia y la teoría del arte.

El primer director de la Escuela de Bellas Artes de Bogotá fue Alberto Urdaneta, quien al mismo tiempo se desempeñó como maestro de dibujo, aguada y perspectiva.

Otros profesores fueron Mariano Santamaría, encargado de las clases de arquitectura; César Sighinolfi, italiano consagrado a la escultura; Luis Ramelli, también de Italia, dedicado a la ornamentación, y Pantaleón Mendoza, el maestro de pintura. La escuela también tuvo una sección de música y al frente de ella estuvo Jorge Price, familiar del dibujante de la Comisión Corográfica.

Gracias a los primeros tenemos una importante iconografía de los personajes más destacados del país y, a partir de los segundos, poseemos una valiosa documentación sobre nuestros campos y aldeas, así como una prueba irrefutable de una de las constantes más definidas del arte colombiano: el interés por el paisaje. Algunos cuadros en uno y otro tema son realmente sobresalientes. A la calidad técnica se unen muchas veces una visión perspicaz y una expresión poderosa y personal, hasta el punto de que resulta lícito hablar de verdaderas creaciones.

Epifanio Garay (1849-1903) fue el retratista más importante de sus años. Toda la sociedad bogotana tuvo o ambicionó tener un Garay a fines de siglo. El pintor es el representante más destacado del gusto y de la cultura de la sociedad capitalina finisecular. Su producción está constituida por una galería de personajes masculinos y femeninos que posan tranquilos ante el artista. Uno de sus mejores retratos es el lienzo de Rafael Núñez en Cartagena. Núñez había renunciado al ejercicio de la Presidencia de la República y en el retiro de El Cabrero, frente a su escritorio, pasaba largas horas meditando sobre los problemas trascendentales de la vida. Así lo captó Garay en este retrato que atestigua su capacidad para auscultar una fisonomía y representarnos lo más característico de una personalidad. Aparte de sus retratos con modelos vivos, el artista realizó otros de personajes desaparecidos con ayuda de fotografías o trabajos artísticos previos. Telas excepcionales son: La mujer del levita Efraín y Por las velas, el pan y el chocolate, un verdadero cuadro costumbrista.

Poco se sabe de Pantaleón Mendoza; sin embargo, el retrato de Catalina Mendoza es uno de los más hermosos trabajos académicos de la pintura colombiana. En él, el perfil iluminado de la joven modelo destaca la pureza del dibujo, así como la calidad cromática.

Aunque trabajó diversos temas, Francisco A. Cano (1865–1935) fue otro destacado retratista. El artista no fue solo un pintor; también fue dibujante, escultor, divulgador del arte y maestro. Sin duda, la personalidad artística antioqueña más importante de su tiempo.

En la abundante y no muy pareja producción de Ricardo Acevedo Bernal (1867-1930) también sobresalen los retratos, entre otros, los del Padre Almansa, el padre pintor Santiago Páramo, Pantaleón Mendoza, Alberto Urdaneta y el pastel de su primera esposa, Blanca Tenorio. Pero el artista también realizó escenas cotidianas, asuntos históricos de nuestra Independencia, paisajes y numerosos cuadros religiosos, incluyendo decoraciones para templos.

El artista académico más importante en los temas religiosos fue Santiago Páramo (1841-1915), quien pintó numerosos lienzos y trabajó, en la antigua sacristía de la iglesia de San Ignacio de Bogotá, la capilla de San José, inaugurada en 1899. En ella, aparte de las pinturas decorativas que enmarcan las composiciones, el artista llevó a cabo los medallones de las pechinas y varias escenas de la vida de San José presentadas cronológicamente, desde El sueño del santo hasta La muerte de San José, pasando por los Desposorios, el Nacimiento del Niño Jesús y el Taller de Nazareth.





La lista de los paisajistas relacionados con el arte académico es muy extensa. De la misma generación de Cano y Acevedo Bernal, ya citados como retratistas, son:

  • Eugenio Peña (1860-1944),
  • Roberto Páramo (1863-1939),
  • Ricardo Moros Urbina (1865-1942),
  • Ricardo Borrero Álvarez (1874-1931),
  • Jesús María Zamora (1875-1949),
  • Domingo Moreno Otero (1882-1948),
  • Alfonso González Camargo (1883-1941),
  • Ricardo Gómez Campuzano (1893-1981) y
  • Óscar Rodríguez Naranjo (1911).

Peña destacó los árboles y los follajes, que trató con empastes abundantes y rápidos; Páramo realizó pequeños óleos trabajados sobre cartones y maderas, llenos de ponderación y armonía; Moros Urbina pintó óleos y acuarelas especialmente veristas y no dejó de trabajar otros motivos, sobre todo, retratos; Borrero Álvarez llevó a cabo paisajes atildados con arroyos, rocas y casas e igualmente bodegones y floreros; Zamora tuvo especial interés por la luz y la recreación de algunas escenas históricas; Moreno Otero practicó en los primeros años de su carrera varios óleos de osado cromatismo; González Camargo realizó paisajes bastante abreviados, así como escenas domésticas plenas de síntesis e intimismo; Gómez Campuzano, quien practicara varios temas, ejecutó numerosos paisajes en los que se destacó la luz y las edificaciones y Rodríguez Naranjo se concentró en los paisajes auténticos de su región (Santander) y también ha hecho bodegones realistas y desnudos femeninos.

Aunque los artistas que se mencionarán enseguida se aproximaron a diversos temas, todos, sin excepción, hicieron cuadros costumbristas. Ellos son:

  • Eugenio Zerda (1878-1945), autor de En el parque;
  • Miguel Díaz Vargas (1886-1956), pintor de En el ancianato y En el mercado;
  • Coriolano Leudo (1886-1957), quien realizó La mantilla bogotana;
  • Roberto Pizano (1896-1929), notable dibujante, que pintó Misa de pueblo;
  • Efraín Martínez (1898-1956), autor de En el coro y quien, con gran prestigio en su ciudad natal, ejecutó La apoteosis de Popayán, según el Canto a Popayán de Guillermo Valencia y José Rodríguez Acevedo (1907-1983), pintor de Promeseros, así como de bodegones, desnudos femeninos y varios retratos.

Todos los escultores académicos dejaron trabajos conmemorativos:

  • Francisco A. Cano, la estatua de Rafael Núñez, en el patio del sur del Capitolio;
  • Dionisio Cortés, la estatua de Policarpa Salavarrieta, en el barrio de Las Aguas;
  • Gustavo Arcila Uribe, la estatua de José Vicente Concha, en un patio de la antigua gobernación de Cundinamarca;
  • Roberto Henao Buriticá, la estatua de Bolívar en la plaza principal de Armenia,
  • Marco Tobón Mejía (1876-1933), el escultor más importante de su tiempo, las estatuas de José María Córdova, Francisco
  • Javier Cisneros y Francisco Antonio Zea. Este artista, quien vivió largos años en París, llevó a cabo relieves en bronce, peltre y electroplata, con influencia tanto del diseño art nouveau, como de la literatura simbolista.

De los artistas académicos Contemporáneos fue el bogotano Andrés de Santamaría (1860-1945), el pintor colombiano más cercano al impresionismo e incluso a manifestaciones artísticas posteriores. Pero bien observado, el artista permaneció más vinculado al pasado (a la obra de El Greco, Hals y Goya) y a la pintura decimonónica de Adolphe Monticelli, que a las formulaciones contemporáneas, de las que no quiso saber nada, y sus contactos con el Impresionismo y el Expresionismo fueron tardíos y aparentes. Mas, aún así, Santamaría puede ser considerado el primer pintor moderno del país, entendiendo por esto, el primero que antepuso la recreación de las formas a la fidelidad a las apariencias naturales, tal como se ve en sus autorretratos de 1910 (con fondo amarillo) y de 1923 (en el que aparece con un jarro en su mano izquierda); en varios de sus retratos, como el del barón Guy de Gaiffier D’Hestroy, de bella iluminación en el rostro y en paisajes, como Paisaje vasco y Haya roja, en los que la pasta disuelve por completo la representación. El artista también trabajó temas de costumbres (Las lavanderas del Sena, de 1887), asuntos históricos (El paso de los Andes, de 1897, en el que Bolívar aparece acompañado de un ejército que se esfuma en manchas de luz) y motivos religiosos (Autorretrato como Cristo, de 1944, un óleo de pequeñas manchas escurridas que configuran el rostro de Jesús).

El paso de Santamaría por la Escuela de Bellas Artes de Bogotá (de 1893 a 1899 y luego de 1904 a 1911) estimuló el quehacer artístico de las nuevas generaciones. Sin duda, su presencia en la capital fue muy estimulante desde todo punto de vista; por ejemplo, su participación en la exposición de la Fiesta de la Instrucción Pública de 1904, que desató la polémica entre Ricardo Hinestrosa Daza, Max Grillo y Baldomero Sanín Cano sobre el Impresionismo de sus cuadros, o su participación protagónica en la preparación de la exposición del Centenario de 1910, muestra que reunió más de cuatrocientas obras de 99 artistas.





Cuando en 1922 se inicia la historia del muralismo mexicano, Europa ya había visto buena parte de las revoluciones artísticas del modernismo. Los “ismos” comienzan a llegar por esos años 20 a América Latina, pero, relativamente pronto, el movimiento mexicano va a tener prestigio continental. Aunque en Colombia nunca existió un grupo de artistas bachués o una escuela nacionalista, es innegable que, por influencia de los muralistas mexicanos, hubo una generación de pintores y escultores, nacidos a fines del siglo pasado y comienzos del XX, que tuvo como metas: exaltar todos los valores de nuestra nacionalidad, romper con el arte académico aún en boga y hacer un arte para el pueblo, abanderando incluso la realización de pinturas públicas.

Enseguida se estudiarán primero los artistas más cercanos a las ideas nacionalistas y luego algunos otros de la misma generación que, aunque ajenos a las ideas mexicanas, hicieron murales y no dejaron de aproximarse a los temas locales relacionados no sólo con lo geográfico sino también con lo racial y lo histórico. Entre los primeros hay que destacar a Luis Alberto Acuña (1904-1992), pintor, dibujante, escultor, historiador y crítico de arte, quien aparte de sus cuadros de caballete (El bautismo de Aquiminzaque) realizó varios trabajos murales: La apoteosis a los principales personajes creados por la literatura española (1960), en la Academia de la Lengua de Bogotá, La historia de las artes gráficas, desde el hombre primitivo hasta el siglo XX (1974), en la Imprenta Nacional de Bogotá, etc. Además de sus obras relacionadas con la raza y las leyendas precolombinas, Acuña trabajó muchos otros temas, entre ellos: los paisajes, las naturalezas muertas y los retratos. Pedro Nel Gómez (1899-1984) dejó una enorme obra de muralista, dibujante, acuarelista, pintor de óleos y escultor. Tanto en sus pinturas como en sus esculturas, el artista trabajó diversos temas nacionalistas, particularmente los relacionados con las barequeras, las mitologías populares y la violencia. Mas como pintor no dejó de hacer retratos, paisajes y bodegones. Gómez realizó retratos de su familia, autorretratos y retratos de figuras nacionales —El homenaje al caricaturista Rendón, óleo de 1925, en el que aparecen aparte del pintor y su esposa, Tomás Carrasquilla, Guillermo Valencia, Luis Tejada, León de Greiff, Jorge Zalamea, Efe Gómez, José Restrepo Jaramillo y Ricardo Rendón—. De sus numerosos frescos hay que destacar los del antiguo Palacio Municipal de Medellín —La mesa vacía del niño hambriento, La muerte del minero, etc.—, los de la Escuela de Minas, también en la capital antioqueña —Homenaje al hombre, en la cúpula del aula máxima—, los del Banco de la República de Bogotá —Los momentos críticos antes y después de la Independencia de Colombia— y los del Banco Popular de Medellín —Historia del desarrollo económico de Antioquia.

Carlos Correa (1912-1985) dejó una producción de muy variados temas que en el decenio de los treinta demostraron sus preocupaciones sociopolíticas —La marcha del hambre, Entierro de obreros, Huelga de Barranca—. Siguieron motivos relacionados con la maternidad, la muerte y lo religioso. De este momento es el lienzo La Anunciación, de 1941. Vinieron luego las máquinas destructivas, los paisajes, las esculturas de San Agustín, los retratos y los temas costumbristas. Entre 1952 y 1954 trabajó la serie de aguafuertes Las trece pesadillas, en la que hace una virulenta crítica social y religiosa. La serie El mundo es libre fue ejecutada entre 1958 y 1961 y también tiene trece aguafuertes. En ella fustiga a Rojas Pinilla y hace críticas a Estados Unidos, la O.E.A. y el capitalismo.

Débora Arango (1907) realizó óleos y acuarelas que escandalizaron desde fines de los treinta por los motivos sociales y políticos que nadie había presentado en el país con tanta crudeza —desnudos femeninos, escenas prostibularias, maternidades grotescas, monjas caricaturescas, el 9 de abril, la caída de Laureano Gómez y el derrocamiento de Rojas Pinilla—. La artista ha dicho: “Amo todo aquello que despierta en mí alguna emoción. No puedo pintar por pintar solamente; tengo que ver algo. Puede ser que en este detalle de ‘ver algo distinto’, o a lo menos en el querer verlo, estribe mi personalidad artística”.

Ignacio Gómez Jaramillo (1910-1970) hizo retratos, desnudos, paisajes y bodegones a lo largo de toda su carrera. Sus óleos tempranos se caracterizaron por la seguridad del dibujo y la acertada modulación del color. Notas distintivas que siempre se observan en sus obras más logradas. A fines de los treinta comienza su producción de muralista. Uno de sus mejores trabajos al fresco fue el ejecutado para el Banco de Bogotá de Medellín y titulado Antioquia la grande de 1966. En él hizo una síntesis de sus principales temas: el paisaje, el pueblo colombiano (mineros, arrieros, obreros de fábricas) y el retrato. Paralelamente con su producción de pintor, el artista dejó abundantes dibujos, entre otros, los de línea pura, realizados con pluma y tinta china, de desnudos femeninos, así como algunos bocetos para sus murales.


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En otro grupo (nada cercano al nacionalismo de origen mexicano) hay que mencionar a Gonzalo Ariza (1912-1995), quien realizó una cuidadosa investigación de los paisajes del trópico. La flora, la luz y la atmósfera de los climas cálidos, templados y fríos fueron captados por el artista con gran sutileza en óleos y acuarelas.

A Santiago Martínez Delgado (1906-1954), artista polifacético que trabajó como pintor, escultor, ornamentador, dibujante y diseñador gráfico. Su obra más importante es el fresco de La entrada del Libertador al Congreso de Cúcuta, del Salón Elíptico del Capitolio Nacional. Y a Sergio Trujillo Magnenat (1911), quien, junto con su amplia obra de pintor (en la que se incluyen algunos murales) y, sobre todo, de dibujante, tiene cerámicas, fotografías, ilustraciones, carteles y muebles.

Los escultores vinculados al nacionalismo también nacieron entre los últimos años del siglo pasado y 1919. Estos artistas, junto con los pintores ya estudiados, sorprendieron al público de los años treinta con sus personajes populares, con sus figuras inspiradas en leyendas precolombinas y con sus referencias, más o menos claras, al medio geográfico y a los factores étnicos. Si temáticamente estos escultores se distinguieron por sus figuras raciales, desde el punto de vista formal y de procedimientos siguieron vinculados a la tradición europea: sólo realizaron volúmenes tallados en madera, esculpidos en piedra o modelados para fundiciones en bronce.

Alipio Jaramillo (1913) llevó a cabo algunos murales, entre los que se destaca el de los campesinos trabajando de la biblioteca de la Universidad de Caldas. En general, toda su obra ha sido una exaltación de la vida campesina, tanto en las arduas jornadas de trabajo, como en los momentos de reposo y regocijo.

En orden cronológico hay que destacar a:

Ramón Barba (1894-1964), quien dejó una buena colección de tallas realistas en madera: Jacob el mendigo, Guerrillero del Tolima, Juramento de un comunero, Manuela Beltrán, etc. Durante varios años, Barba estuvo vinculado a la Escuela de Bellas Artes de Bogotá; allí comenzó la enseñanza de la talla en madera, en la que se formarían artistas como Josefina Albarracín (1910) y Hena Rodríguez (1904-1997).

A José Domingo Rodríguez (1895-1965), escultor de personajes importantes, monumentos en los cementerios, altares en algunas iglesias y especialmente tallas en madera y bronces de pequeñas dimensiones, con temas varios, entre los que sobresalen las figuras de campesinos y los animales.

A Rómulo Rozo (1899-1964), autor de Bachué, una talla en granito, que exornó el pabellón de Colombia en la Feria Hispanoamericana de Sevilla en 1929 y que sirvió para que se hablara en el país de bachuismo o nacionalismo. El escultor se radicó en México en 1931 y, aparte de numerosas figuras inspiradas en la raza indígena, llevó a cabo obras públicas como la Canción yucateca y el Monumento a la Patria, levantado en Mérida, entre 1945 y 1957, un gran hemiciclo con relieves en los que desfilan muchos personajes de la historia mexicana.

A Miguel Sopó (1918), con una producción ecléctica en la que hay desde obras religiosas, como el Cristo en bronce de la capilla de la Ciudad Universitaria de Bogotá, hasta el Monumento a la raza aborigen, talla en piedra, en la salida norte de Tunja, una escultura que, según el artista, representa “El homenaje del pueblo de Boyacá a los primitivos pobladores”.

Y a Rodrigo Arenas Betancourt (1919-1995), cuyo trabajo es especialmente público y de gran envergadura: Bolívar desnudo de Pereira; la estatua del general José María Córdova de Rionegro, Antioquia; los Lanceros del Pantano de Vargas en Boyacá; el Monumento a la raza antioqueña del Centro de la Alpujarra de Medellín, etc.

Puede decirse que a partir de los artistas del nacionalismo, desde el decenio de los treinta, el arte colombiano ha estado sintonizado con el arte internacional, pero, al mismo tiempo y a diferencia de lo que pasa en otros países, como Argentina, Brasil y Venezuela, nunca ha pretendido estar a la moda cambiando constante y rápidamente de acuerdo con lo que se ve en los centros cosmopolitas.

Por otra parte, si hasta los contemporáneos de Pedro Nel Gómez era factible hablar de grupos generacionales, con muchos elementos ideológicos y formales en común, a partir de ese momento, con Wiedemann, Obregón, Grau, Negret, Ramírez Villamizar, Botero, etc., el arte nacional se vuelve bastante heterogéneo, con tendencias diversas y expresiones muy individuales. Colombia ha crecido mucho, las ciudades han aumentado considerablemente sus habitantes y se está viviendo una época de industrialización y de comunicaciones muy rápidas.

Guillermo Wiedemann (1905-1969) fue el artista más sobresaliente que tuvo Colombia a mediados del siglo XX. Nacido en Alemania, el pintor llegó al país en 1939 y desde entonces quedó fascinado por el trópico. En acuarelas y óleos trabajó paisajes y mujeres de raza negra dentro de un estilo imaginista marcado por el Expresionismo, hasta cuando en aquellos mismos medios pasó lentamente a una abstracción lírica de gran sensibilidad. Al final de su obra, siempre renovándose, experimentó con diversos materiales en unos collages muy informalistas y terminó haciendo óleos casi geométricos y de exquisito cromatismo.

Alejandro Obregón (1920-1992) dejó una producción abundante presidida por la imaginación creadora y la emotividad. Sus principales temas fueron los retratos —de familiares y amigos, además de varios autorretratos—, los animales —en una fauna interminable que incluye desde cóndores y toros hasta barracudas, mojarras y camarones—, las flores carnívoras, las escenas de violencia y, sobre todo, los paisajes abstraídos —con claras alusiones al mar, a las playas, a las tempestades, a los eclipses y a los vientos—. Estos temas fueron recurrentes y, por lo tanto, no tienen una ordenación cronológica. Como bien lo dijo el artista, más que motivos específicos sus cuadros aluden a “drama, catástrofe, registro de vida y un poco de todo”.

Enrique Grau (1920- 2004) tiene una obra extensa y muy variada en temas y procedimientos. Luego de La mulata cartagenera, de 1940, el artista tuvo una época experimental en la que se aproximó al Expresionismo y al Cubismo. A partir de 1960 ingresó en un naturalismo “renacentista”, en el que ha destacado una figura humana muy particular —mezcla de raza blanca, negra e indígena— que se caracteriza por su desenfado y sensualidad y en el que también ha trabajado diversos objetos y animales —iguanas, tortugas, mariamulatas—. Su obra bidimensional abunda en óleos, dibujos en varios medios —carboncillo, pastel, témpera, etc.— y grabados en todos los procedimientos conocidos y su trabajo tridimensional incluye terracotas, ensamblajes y algunos bronces de excelente factura.

Édgar Negret (1920 - 2012), y Eduardo Ramírez Villamizar (1922 - 2004), Fueron hasta la actualidad los dos escultores más importantes del país. En forma paralela pero individual, los dos artistas tuvieron una producción muy rica y variada que, pese a sus diferencias, también tiene puntos en común: el origen de sus trabajos en el constructivismo, la concepción racionalista de cada una de sus piezas a las cuales se agrega un diseño cargado de sensibilidad y el interés cada día más acrecentado por el arte precolombino que en uno y otro artista ha estimulado la creación de nuevos trabajos tan diferentes como vigorosos. Negret hizo primero yesos semifigurativos y a partir de mediados de los cincuenta se consagró al aluminio, que siempre ha ensamblado con tuercas y tornillos. Al principio estuvo inspirado por la tecnología y las grandes construcciones de hoy, pero desde comienzos de los ochenta se ha basado en la naturaleza y ha investigado el arte precolombino, en busca de sus diseños y de sus contenidos míticos. Ramírez Villamizar se inició como pintor, pero, a partir de fines de los cincuenta, dio el paso a los relieves y luego a las construcciones exentas, que siempre han estado permeadas del espíritu de la arquitectura y del amor por las formas naturales esencializadas. A diferencia de Negret, trabajó diversos materiales, aunque desde comienzos de los ochenta prefirió las láminas de hierro oxidadas. Realizó importantes obras públicas en varias ciudades del país y en Estados Unidos.

Fernando Botero (1932) es el pintor y dibujante colombiano más importante de los últimos años. Su vastísima obra, en la actualidad plenamente consolidada, su deliberada distancia del arte moderno, en especial por el abstracto, y su amplio conocimiento de la pintura clásica hacen de Botero un artista excepcional en el país y en América Latina. Su obra no es fácil de encasillar —“Barroco de los Andes”, “Un latinoamericano entre los clásicos”, artista “naif”, pintor de gordos, etc.—, pero lo más obvio y justo es aproximarla a la nueva figuración, aquella que deforma y reinventa, aquella que revela el mundo del creador en el objeto artístico. Una nueva figuración que no tiene nada que ver ni con la obra expresionista de Bacon, ni con las imágenes banales de los artistas pop.

Las pinturas y los dibujos de Botero son trabajos muy personales que de ninguna manera se pueden confundir con las diversas posturas figurativas internacionales de los últimos años. Su arte es, hasta cierto punto, retrógrado y provinciano.





Depende más del arte de los grandes maestros, del arte popular, de la tradición precolombina, de la imaginería del período colonial de América Latina que de la neofiguración de los cincuenta o cualquier “ismo” figurativo. Botero aseveró en 1967: “Soy una protesta contra la pintura moderna y, sin embargo, utilizo lo que se oculta tras sus espaldas… el juego irónico con todo lo que es absolutamente conocido por todos. Pinto figurativo y realista, pero no en el sentido chato de la fidelidad a la naturaleza. Jamás doy una pincelada que no describa algo real... pero la que describo es una realidad encontrada por mí...”. El estilo de Botero avasalla todas las figuras tratadas por el artista, desde las humanas vivas, hasta las de algunos esqueletos actuantes —un poco a lo Guadalupe Posada—, pasando por una zoología bastante variada, paisajes, pueblos y calles y todo el surtido de enseres y comestibles de los bodegones. Desde 1976, Botero ha combinado su trabajo de pintor y dibujante con el de escultor. Hoy, sus bronces, algunos de grandes dimensiones, son muy populares, particularmente por haberse expuesto en sitios públicos muy destacados.

En los años cincuenta fueron varios los artistas que llegaron a la abstracción, aparte de Wiedemann, Negret y Ramírez Villamizar ya mencionados. Hay consenso en afirmar que el primer pintor abstracto fue Marco Ospina (1912-1984), quien en 1949 realizó en Bogotá una exposición en la que buena parte de las obras eran abstractas, hechas a base de grandes planos de bordes curvos con referencias al paisaje y a las formas naturales. A Ospina lo siguieron en ese decenio: Guillermo Silva Santamaría, Armando Villegas y Judith Márquez. En 1955, Gabriel Giraldo Jaramillo, encargado de la dirección de Extensión Cultural del Ministerio de Educación, organizó la primera exposición colectiva de pintura abstracta. En ese mismo año llegó al país Marta Traba, quien pronto se convertiría en la gran promotora del arte moderno y, sobre todo, del arte abstracto.

Entre 1956 y 1959, la pintora Judith Márquez publicó la revista Plástica, la primera del país especializada en artes plásticas y que sería una verdadera tribuna del arte abstracto. La pintura abstracta alcanza sus primeros triunfos en los Salones Nacionales de 1958 y 59. En este último año, Ramírez Villamizar ganó el primer premio con el óleo Horizontal blanco y negro y Wiedemann el segundo, con Pintura en rojo.
Roda, Augusto Rivera y Omar Rayo se vincularon a él entre 1961 y 1963. De estos últimos hay que destacar el nombre del primero, nacido en Valencia, España, en 1921, y vinculado a Colombia desde 1955. Pintor, dibujante y grabador, Roda tiene una producción extensa que ha oscilado entre la figuración y la abstracción. Las series denominadas Escoriales y Tumbas, de los primeros sesenta, pueden considerarse abstractas. Posteriormente, su obra volvió a la figuración, primero al óleo y luego en el campo del grabado en metal. A partir de las series Flores (1986-87), Montañas (1988-89), etc. y hasta hoy, las pinturas de Roda constituyen uno de los mejores ejemplos de una abstracción lírica no desligada del todo de la naturaleza.

Durante los años sesenta se produce el cambio de equilibrio entre los artistas abstractos y los figurativos. Si a comienzos del decenio había una gran presencia de la abstracción expresionista, a fines de esos mismos años el empuje de la figuración fue cada vez más poderoso. El proceso de recuperación del arte figurativo, en breve síntesis, fue el siguiente:

Violencia, de Obregón —primer premio en el Salón Nacional de 1962—, fue precursor de muchos de los temas relacionados con la realidad social y política del país que se vieron en el decenio; por ejemplo, en las obras de Luis Ángel Rengifo (1906-1986), Alfonso Quijano (1927), Augusto Rendón (1933), Carlos Granada (1933), Luciano Jaramillo (1938-1984), Umberto Giangrandi (1943) y Pedro Alcántara (1942), el dibujante más importante y galardonado del decenio.

La última exposición individual preparada por Botero para el país tuvo lugar en el Museo de Arte Moderno de Bogotá en 1964. A partir de entonces no sólo volvió a predominar el arte figurativo en Colombia, sino que, en algunos casos, éste asumió características propias —con La temperatura o El duende, al decir de Botero, de nuestra idiosincrasia—, sin tener que ser folclorista.

Un caso ejemplar en este aspecto es la obra de Beatriz González (1938), al principio basada en los cromos e impresos populares y luego inspirada en las fotografías de la prensa nacional que la artista ha transformado en notables creaciones, en las que o se ha destacado el gusto local o se ha hecho crítica acerba a los personajes del mundo político o referencia directa y dramática al acontecer diario cargado de violencia. Tal vez también por influencia de Botero, varios artistas colombianos han vuelto a mirar con admiración el arte del pasado. Aquí es necesario mencionar los dibujos y pinturas de Juan Cárdenas (1939-1991) consagrados especialmente a autorretratos e interiores; la obra intensamente emotiva y cargada de erotismo de Luis Caballero (1943-1995), desde mediados de los setenta dedicada con exclusividad al desnudo masculino; la de Gregorio Cuartas (1938), con temas de figuras humanas, bodegones y paisajes con arquitecturas y las de Alfredo Guerrero (1936) y Darío Morales (1944-1988), especializadas en desnudos femeninos.

Hay que citar aquí a otros artistas principalmente figurativos: Lucy Tejada (1920 - 2011); David Manzur (1929); Leonel Góngora (1932 - 1999), con una importante producción entreverada de violencia y erotismo; Ángel Loockhart (1933); Jim Amaral (1933), con dibujos, pinturas y esculturas de personajes ambiguos y enigmáticos; Teresa Cuéllar (1935) y Margarita Lozano (1936), autoras de frutas y flores de rico colorido y la segunda también con una amplia producción de interiores y paisajes; Heriberto Cogollo (1945) y Álvaro Barrios (1945), investigador y promotor del arte conceptual y con una sobresaliente producción de dibujos relacionado con el pop art y la historia del arte.

Mención especial merece Santiago Cárdenas (1937), pintor y dibujante cuya obra surge hacia la mitad de los sesenta. Inicialmente sus trabajos tuvieron que ver con el pop art, pero luego se aproximaron a un realismo pleno de virtuosismo, en el que no pueden dejar de apreciarse sus conocimientos del arte abstracto estadounidense —abstracción postpictórica, minimal y neoexpresionismo.

Con la excepción de Hernando Tejada (1925-1998), autor de personajes en madera, los escultores más interesantes surgidos en los sesenta han trabajado una producción básicamente experimental: Feliza Bursztyn (1933-1982) y Bernardo Salcedo (1939). La primera hizo esculturas con chatarras, piezas cinéticas (Las histéricas, Las cujas y La baila mecánica) y construcciones con láminas de automóviles, y Salcedo comenzó haciendo cajas con objetos listos y luego una obra variada de ensamblajes, fotografías con elementos reales sobrepuestos, construcciones con vidrios y sierras y esculturas en metal.

Aunque la presencia de la pintura figurativa ha sido poderosa, en los años sesenta comienzan las obras de destacados pintores abstractos: Manuel Hernández (1928) con una larga producción de acrílicos impecables en los que exhibe formas-signos de inagotables disposiciones sobre fondos monocromos y con variadas imprimaturas; Carlos Rojas (1933-1997), uno de los artistas abstractos, pintor, escultor y dibujante más inventivos y eclécticos del país, con un extenso trabajo de formas inicialmente geométricas, de muy variados colores, y al final con diversas texturas, y Fanny Sanín (1938), pintora geométrica de acrílicos de gran refinamiento cromático.

También hay que mencionar, entre otros, a Alfonso Mateus, Pablo Solano, Samuel Montealegre y Manolo Vellojín, con propuestas varias que van de un expresionismo contenido a formulaciones de gran sencillez y reflexión, y a un grupo de coloristas vinculados permanentemente con el mundo natural: Rosa Sanín, Édgar Silva, Hernando del Villar (1944-1989) (a veces más figurativo) y Diva Teresa Ramírez.




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