El champán del Magdalena. 
Edward Walhouse Mark, 
acuarela sobre papel, 1845. Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá.

Arte Repúblicano


Entre los muchos artistas del siglo XIX —en su mayoría muy menores— sobresalieron: José María Espinosa, Ramón Torres Méndez y Alberto Urdaneta.

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Eugenio Barney Cabrera escribió: “¿Fueron conscientes los pintores y dibujantes de las nuevas condiciones históricas que principiaban a germinar después de la Batalla de Boyacá? ¿Qué partido tomaron ante las circunstancias políticas y sociales que ofrecía la nueva situación? Aparentemente, y hasta donde llega la averiguación registrada sobre los temas que ofrecen las pinturas de la época, se puede afirmar que, como artistas, los pintores y dibujantes contemporáneos de los sucesos libertarios no supieron ni siquiera poner al servicio del movimiento independentista o en favor de la metrópoli los conocimientos y la habilidad profesionales.

En apariencia, existiría la salvedad de José María Espinosa y la del litógrafo Lozada. Ambos, en realidad, dejaron testimonios gráficos de las luchas políticas en que intervinieron o de las que fueron coincidentes con la vida de ellos y de los personajes principales de aquel período; pero ambos produjeron estos testimonios con bastante posterioridad a dichos sucesos”.

Pedro José Figueroa (1770-1838), descendiente de los pintores del período colonial y discípulo de Antonio García del Campo, fue uno de los primeros pintores del período republicano en retratar a los próceres comenzando por Simón Bolívar en óleos estereotipados, carentes de recursos y derivados del estilo de Joaquín Gutiérrez. También hizo los retratos de algunos prelados y varios cuadros de temas religiosos entre los que se destacan los consagrados a Nuestra Señora de la Peña, en uno de los cuales representa a la Virgen en un paisaje con los cerros de Monserrate y Guadalupe. En su taller estuvieron sus hijos José Celestino, José Miguel y José Santos, así como Luis García Hevia, José Manuel Groot y Ramón Torres Méndez.

Entre los muchos artistas del siglo XIX (en su mayoría muy menores) sobresalieron: José María Espinosa (1796-1883), Ramón Torres Méndez (1809-1885) y Alberto Urdaneta (1845-1887). El primero fue pintor y sobre todo dibujante y caricaturista. Su vida artística abarcó el período comprendido entre 1819 y 1883. Largos años en los que con muchas dificultades comenzó a configurarse la nacionalidad, dentro de un sinnúmero de guerras civiles, en las que nunca quiso participar el artista. Miniaturista talentoso, Espinosa hizo el retrato de Bolívar en 1828 y luego varios más en diferentes procedimientos, iniciando la que sería una de las más importantes iconografías del Libertador. El artista también hizo los retratos (en miniatura, al óleo y en varios medios de dibujo, muchos de los cuales fueron convertidos en grabados) de destacados patriotas, alguno de los cuales había conocido en su juventud cuando participó con Antonio Nariño en la llamada Campaña del Sur, así como de otros distinguidos personajes. En 1850 pintó al óleo las batallas de la mencionada campaña, que tuvo lugar entre 1813 y 1816 y en la que Espinosa actuó como abanderado. Mención especial merecen las caricaturas y los bocetos callejeros que realizara a lo largo de toda su vida. Con muy buen dominio de la representación de gestos y actitudes, el artista dejó una amplia y variada galería de personajes típicos de Bogotá: locos, mendigos, intelectuales, ricachones y hombres y mujeres del pueblo. De estos trabajos, tintas aguadas y acuarelas, hay algunos de muy buena calidad.

Tejedoras Junto con Espinosa, Ramón Torres Méndez fue el artista más importante del país en la primera parte y a mediados del siglo pasado. Pintó numerosos retratos, cuadros religiosos, alegorías, paisajes, escenas de costumbres y más de trescientas láminas de costumbres, que sin duda alguna constituyen su más valioso legado. Estas últimas obras son básicamente dibujos al grafito y acuarelas que tuvieron gran popularidad, al servir de ilustraciones de relatos en el periódico El Museo y luego al ser editadas en litografía en Bogotá por los hermanos venezolanos Celestino y Jerónimo Martínez.
Torres Méndez empezó sus cuadros de costumbres nacionales desde fines de los treinta. Aprovechando sus viajes al Valle de Tenza, a las provincias de Antioquia, a Neiva, el artista realizó un inventario picaresco de las gentes, sus actividades y comportamientos. Estos dibujos y acuarelas, que lo han hecho considerar el fundador del costumbrismo en Colombia, también abundaron en escenas de Bogotá y sus alrededores. A diferencia de Espinosa, que fue un dibujante de figuras individualizadas, Torres Méndez no se detuvo en las particularidades de un rostro, sino que prefirió la narración de un acontecimiento por sencillo que fuera y observó con cuidado las indumentarias y sobre todo las posturas y las reacciones. No hubo acción que no le llamara la atención y su mirada recogió con precisión, a veces con alguna malicia, desde el baile de un bambuco, dentro de un grupo de elegantes, hasta el refrigerio de unos campesinos en una pausa de viaje.

Dentro de los varios artistas cuya obra puede situarse contemporáneamente con la de Espinosa y Torres Méndez, cabe mencionar a José Manuel Groot (1800-1878), José Gabriel Tatis (1813-1880 c.) y Manuel Dositeo Carvajal (1818-1872). El primero fue pintor de óleos y miniaturas, dibujante, caricaturista, periodista e historiador (autor de la Historia eclesiástica y civil de Nueva Granada). Hizo paisajes y sobresalió como costumbrista, género en el que realizó fiestas y viajes, con especial interés en las indumentarias. Tatis dejó un álbum de 115 retratos de personajes de la época y tres hojas también con retratos, unos y otros dibujos trabajados con tinta y acuarela. Las figuras siempre aparecen de perfil, con sombrero puesto, y un número en la cabeza que repetido en un listado indica el nombre del personaje. El artista, sin especiales profundidades sicológicas, particularizó hasta donde pudo a sus numerosos modelos. Carvajal trabajó retratos —varios del general José María Obando—, “composiciones” con personajes, escenas costumbristas y paisajes, incluyendo alrededores de Bogotá y vistas de Lima, cuyos méritos son ante todo testimoniales, como en el caso de la mayoría de los artistas del período. En su producción predominan las acuarelas, las tintas con plumilla y los grafitos.

En una digresión necesaria hay que mencionar aquí, particularmente por los temas afines a los de los artistas que se acaban de mencionar, a los dibujantes de la Comisión Corográfica que, entre 1850 y 1859 y bajo la dirección del ingeniero italiano Agustín Codazzi, realizó la carta geográfica general de la República y levantó los mapas corográficos de cada una de las provincias en que se dividía el país. Aquellos dibujantes fueron: el venezolano Carmelo Fernández (1809-1887), el inglés Henry Price (1819-1863) y el colombiano Manuel María Paz (1820-1902). Su labor fue muy importante: dejaron los documentos de los sitios visitados, del paisaje y de las gentes, sus costumbres y actividades.
También hay que citar por las mismas razones a los viajeros europeos y norteamericanos que, desde el tercer decenio hasta el sexto del siglo pasado, visitaron el país y lo captaron, con variados intereses, tanto en términos físicos como humanos. Hay que recordar, entre otros, a Joseph Brown, Jean Baptiste Louis Gros (quien trajo a Bogotá el proceso del daguerrotipo), Frederic Church y Edward Walhouse Mark (1857-1895), indudablemente el más importante de todos, no sólo por la calidad de sus acuarelas, sino por su variada curiosidad, que lo llevó a trabajar desde diversos paisajes hasta muchos tipos humanos, pasando por plantas y arquitectura.

El tercero de los artistas importantes del siglo XIX fue Alberto Urdaneta, cuya vida transcurrió ya en la segunda parte de la centuria. En sus 42 años de existencia, este ilustre bogotano no solo fue agricultor, ganadero, político y militar, sino, sobre todo, viajero, coleccionista, periodista, pintor, dibujante y grabador y hombre de empresas, quien no solo fundó El Papel Periódico Ilustrado (la más importante publicación literaria ilustrada de su tiempo), sino que puso en marcha, en 1886, la Escuela de Bellas Artes, que había sido creada por decreto unos años atrás. De aquel periódico se publicaron 116 números entre 1881 y 1887 (El año de la muerte de Urdaneta). Deseoso de tener en Bogotá un periódico ilustrado del tipo de los que conoció en Europa, el artista contrató al español Antonio Rodríguez para organizar un taller de grabado en madera que permitiera la formación de unos artistas en este procedimiento. Allí aprendieron Alfredo Greñas, Julio E. Flórez, Jorge Crane y Ricardo Moros Urbina, entre otros. Más que creadores, los grabadores de El Papel Periódico fueron intérpretes de fotografías, dibujos y grabados de otros artistas. De allí la diversidad de estilos y de temas que se trataron, los cuales prácticamente no omitieron ningún aspecto importante de la realidad del país. Urdaneta, quien estudió en París con Meissonier, fue ante todo un dibujante, aunque también dejó algunas pinturas. Su obra incluye retratos de personajes importantes, figuras típicas, vistas, caricaturas e ilustraciones para artículos y poesías. El artista fue un gran dibujante de rostros. Prueba de lo anterior son sus caricaturas que publicó en El Mochuelo, otro de los periódicos fundados por Urdaneta; en ellas, el personaje es ante todo una gran cabeza con el resto del cuerpo muy reducido. Las figuras más ridiculizadas fueron Aquileo Parra, Manuel Murillo Toro y Santiago Pérez, es decir, los principales hombres del Olimpo Radical. En algunos retratos no caricaturescos es evidente la influencia del arte académico, aunque por lo general Urdaneta no escapó a la representación costumbrista tan en boga en los años de su actividad artística.



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